Las dos tristezas de los economistas puertorriqueños

En tiempos recientes, la tragedia se ha apoderado de nuestra profesión. Desde el 2019 hemos perdido seis grandes mentes, buenos puertorriqueños, ciudadanos y economistas distinguidos. Se nos han ido Fernando Zalacaín, Jaime Benson, Leroy López, Ángel Rivera, y Carlos Colón de Armas. Todos hicieron grandes aportaciones a nuestra querida isla, a la discusión pública, a la profesión y a la academia. Tristemente, los vemos partir en un momento de grandes retos económicos y profundos desafíos que parecen no tener fin.


Han ido a morar al más allá, sin que hayamos solucionado la profunda crisis económica que comenzó a principios del presente siglo y sin que ninguna de sus propuestas haya sido acogida por los gobiernos de turno. Una doble tragedia y razones de sobra para que todos estemos de luto.


Ayer 30 de abril nos enteramos de la pérdida de otro colega, la del amigo y colega, Antonio Rosado, economista y profesor distinguido. “Papo”, como de manera jovial lo conocíamos era un gran ser humano, padre, jugador de golf, profesor, amigo y una de las mejores mentes en nuestra profesión. Su enfoque práctico y su capacidad de comunicar al público le permitió ganarse el corazón de la ciudadanía. Por mucho tiempo fuimos compañeros de panel, en el programa de análisis Jugando Pelota Dura.


Desde ese espacio, analizamos diversos temas, como la quiebra del gobierno, la llegada de la Junta de Supervisión Fiscal, y temas asociados a la crisis económica recurrente en la que estamos todos sumergidos. No siempre coincidíamos, pero cuando diferíamos lo hacíamos con respeto y deferencia. Siempre me aconsejaba y me ayudaba a buscar nuevos puntos de vista. Nos hicimos grandes amigos y su experiencia, sentido del humor, y jovialidad junto a su rigurosidad analítica le permitían ser asertivo pero entretenido al momento de comunicar su análisis. Era un fanático del golf, y hombre de familia. Todos lloramos su partida.


Paradójicamente, mientras se nos van las mentes más privilegiadas de nuestra profesión, nuestra querida Isla sigue en un limbo económico y financiero. La inercia de nuestro “liderato” político y gubernamental impide que las propuestas de los economistas que ya han partido y los que hoy quedamos vivos, sean implementadas.

Que tragedia la nuestra. La crisis no es por falta de ideas o capacidad intelectual, ya que sobran, sino por el miedo o conformismo de los que ocupan las posiciones de poder. El luto de nuestra profesión es doble.


Vemos partir del mundo terrenal a nuestros colegas que pusieron su conocimiento a disposición del pueblo, pero los responsables de ejecutar las ideas le cogieron miedo a hacer lo correcto por el bien de Puerto Rico.


Es evidente, que el corto plazo y el mundo seductor de la cosa electoral son la ruta más fácil para nuestros queridos políticos, pero para los economistas, la ruta correcta es hacer lo correcto por el bien colectivo, aunque los beneficios no se vean el corto plazo. A mis colegas fallecidos, mis respetos para ellos, y para sus familiares, mi abrazo solidario. Mi mensaje para el pueblo es que no se dejen engañar por la retórica populista de nuestra quebrada clase política, y exijan buen gobierno.



A mis colegas vivos, mantengamos nuestra integridad intelectual y no claudiquemos en la búsqueda de un mejor Puerto Rico. Tenemos una gran deuda con nuestros hijos y nietos, que merecen un mejor futuro. A ti amigo, Antonio, nos veremos tarde temprano en el más allá, y retomaremos nuestras tertulias. Hasta siempre querido Papo.

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