EU y PR: El desfase entre dos economías

Durante la segunda mitad del siglo 20, las economías de Puerto Rico y los Estados Unidos, se comportaron como un matrimonio perfecto. Todo funcionaba más o menos bien, había armonía y fluidez en los procesos económicos allá y acá.

El diseño del modelo económico instaurado en el 1948, conocido como “Manos a la Obra”, creó la bases para la integración entre ambas economías. El desarrollo de un enclave industrial global en la isla gracias a exenciones contributivas locales y federales, permitió que Puerto Rico se convirtiera en la capital de manufactura global.

La integración entre ambas economías se fundamentó en la producción industrial a gran escala y la exportación hacia el mercado de los Estados Unidos. Las expansiones económicas en el norte, se reflejaban en expansiones en la economía local, pues las fábricas establecidas en la Isla, aumentaban su producción para satisfacer la demanda del mercado continental. La alta concentración de establecimientos industriales, y los miles de empleos que generaban, creaba un fuerte impacto multiplicador en toda la economía.

La inversión directa de las corporaciones multinacionales, el flujo comercial y el turismo, fortalecían el vínculo de los dos ciclos económicos. Fue entre el 1975 al 1996, en la que la manufactura experimentó su mayor nivel bonanza bajo la Sección 936, y cuando el empleo llegó a su punto máximo, y la aportación del sector al Producto Interno Bruto (PIB).

Durante ese período, que se extendió hasta el 2000, los ciclos económicos entre las dos economías estaban sincronizados. En otras palabras, las expansiones, caídas y recuperaciones se comportaban más o menos igual. De esa sincronía, o matrimonio perfecto, sale el refrán utilizado en aquellos tiempos por economistas de que cuando a la economía de Estados Unidos, le daba catarro a los meses a la economía insular, le daba pulmonía.

La sincronía entre los dos ciclos económicos comenzó a diluirse a partir del 1996, cuando el Congreso derogó la Sección 936. A partir de ahí comenzó un proceso de fuga de fábricas según expiraban sus decretos de exención contributiva, y se creó un efecto tipo bola de nieve de perdida de empleos, y actividades productivas asociadas al enclave manufacturero, establecido en la Isla.

La recesión criolla

El divorcio económico-productivo entre ambas economías se aceleró a partir del 2000, cuando la economía local comenzó su proceso gradual de enfriamiento. El cierre del gobierno en el 2006, precipitó meses mas tarde el inicio de la primera recesión provocada no por factores externos, sino por las propias fallas internas de un modelo productivo desgastado y sin la fuerza que le proveía la difunta Sección 936.

Por primera vez, la economía local entraba en recesión antes que la economía norteamericana. De hecho, la economía continental cayó en recesión, dos años después a raíz del colapso de los mercados capital y la crisis de las hipotecas “sub-prime”. En muy poco tiempo, la economía del norte experimentaba el colapso de dos burbujas, en el 1999, la de las llamadas compañías de internet, y en el 2008, la caída del mercado hipotecario.

La recesión criolla, iniciada entre el 2006 – 2007, luego se convirtió en una depresión, que hoy perdura en gran medida a profundos problemas estructurales, que amplios sectores de la Isla, aún no han logrado entender. La incapacidad de entender la dimensión histórica de la actual crisis económica y fiscal, ha impedido que se hayan podido articular políticas económicas que rehabiliten la capacidad de crecimiento económico de Puerto Rico.

Mientras la economía norteamericana, pudo recuperarse a partir del 2010, la economía local continuó en caída, y experimentó una modesta entrada a positivo en el año fiscal 2012, de .5%. La inyección de $7,000 millones provista por los fondos de recuperación federal conocida como ARRA, entre el 2010 y 2011, combinada al programa fiscal y económico, experimentado durante ese cuatrienio fueron los factores de ese modesto crecimiento.

Luego que se agotaron los fondos ARRA, la economía entró nuevamente en caída, y la recuperación artificial que vimos en el 2018, se debe a la inyección de cerca de $10,000 millones en fondos de FEMA.

La necesidad de políticas de crecimiento

Es obvio que ya la economía local no responde a los ciclos económicos de la principal economía del mundo y de la que aún formamos parte. Al contrario, cada día nos alejamos más del comportamiento productivo de nuestro principal socio por la ausencia de políticas fiscales y económicas coherentes. De hecho, somos la única jurisdicción federal que sigue en problemas económicos luego del colapso financiero del 2008.

Luego de más de una década en depresión, necesitamos articular un verdadero programa de recuperación económica con medidas de corto plazo, y una estrategia coherente a largo plazo de desarrollo económico. Las políticas de crecimiento son claras, fomentar la expansión productiva del sector privado, la creación de empleos y de riqueza, anclada en un clima favorable de negocios e inversión.

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